Opinión

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CARTAS

In memoriam: A Eduardo Pons Prades, luchador libertario
Jesús de Cos Borbolla. Comandante |-0-07-20
CARTA A PILAR MANJON ACERCA DEL 11-M Y EL PARTIDO POPULAR
Joaquín Calomarde (Diputado al Congreso por Valencia) |-0-07-20
Carta abierta de un obrero de Delphi, Cádiz
Juan |-0-07-20
¿DEMOCRACIA INTERNA EN EL PRC?
Valentín Morante Fernández-Canal. |-0-07-20
Cooperación al desarrollo limpio y solidario
Carlos Ortíz de Zárate Denis |-1-06-20
Cuando hablamos de Paz, ¿De qué PAZ hablamos?
Urbano Peñalver Munuera |-1-06-20
MONUMENTO A LOS MUERTOS REPUBLICANOS DEL VALLE DE POLACIONES
Javier VARELA Y MANUEL ALEGRIA |-0-06-20
Una de Estatutos
Urbano Peñalver Munuera |-0-06-20
TRANSGÉNICOS: Poder Mutante
Urbano Peñalver Munuera |-0-06-20
CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD
Urbano Peñalver Munuera |-0-06-20
MICRO CHIPS PARA INMIGRANTES
Urbano Peñalver Munuera |-0-06-20
Agravios Comparativos
Urbano Peñalver Munuera |-0-06-20
Ignacio Ramonet y Ramón Chao, indeseables en La Voz de Galicia.
Ignacio Ramonet y Ramón Chao |-0-06-20
NI BANDIDOS, NI VENCIDOS (Memorias de una gesta heroica. La guerrilla antifranquista)
Jesús de Cos |-0-06-20
La rebelión de las miradas que se caminan juntas
Trabando los deseos |-1-05-20

 

La boda y la bandera

Aunque algunos desgraciados no hemos tenido derecho a saber el itinerario del viaje de bodas de la singular pareja nupcial elevada a rango de estado, cuyos ecos resuenan rebotados aún por las páginas descerebradas de Hola, resultaría plausible suponer que, tras los fastos hosteleros del sublime cortejo yantando codorniz asada al vino de Duero, los recién casados aceptaran la invitación del padrino Berlusconi. Algunos paseos en romántica góndola por los canales de Venecia. Supongamos que ha sido así, aunque no lo podamos asegurar en modo alguno. Y que más tarde volarían felices hacia las atracciones del imperio USA, por una deferencia lógica del amigo americano hacia su ferviente mayoral de las bases de Morón. Y que de base a base y tiro porque me toca hasta llegar a la cota cero de la malherida New York, símbolo del ataque de los nuevos bárbaros al corazón imperial cristiano.

Estamos en Venecia, esa ciudad flotante donde se resume la maravilla arquitectónica en medio del agua acanalada. Más o menos como en Badenmer con sus innumerables y vulgares palacios de estilo desparramado: de Festivales, de Exposiciones, de Macho, de la Magdalena, de Deportes (en construcción) y todo el demás prurito aristocrático pijosumo aldeano con ínfulas de grandeza, ilusoria por falta de fuste.
En estos tiempos de desencanto inducido, lamentablemente para la miel de los contrayentes, los gondolieri venecianos se ríen bastante pero ya no cantan “¡oh!, sole mío” imitando malamente a Caruso. Mas bien bogan en un prosaico silencio, asaz monetario. Navegan lentamente vestidos de rayas y canotier al detalle, como sabiéndose figuras teatrales de un parque temático que transcurre entre fachadas y atrezzos de un esplendor antiguo. Empero, los palazzos han sido rescatados en buena parte de su ruina, los canales ya no atufan como antes a materia fecal, los mármoles y esculturas de la basílica de San Marcos siguen siendo igual de venerables, los cuadros en el palazzo del Dux continúan asombrando con sus Tintoretto y el mundo se ve de otro color a través de los magníficos cristales de Murano.

Asentado ese aristocrático estado a base de prosodia comercial y crueldad intermitente, a partes iguales, la hermosa pátina de estética gótico-renacentista, que camufló tanta sangre derramada, ha resultado ser resistente al orín del tiempo. La Piazza de San Marcos no es sino un estremecimiento de gozo rectangular, un soplo de inspiración que aspiran con avidez los espíritus sensibles; y que también canibalizan las desencadenadas cámaras de las manadas de ñus turísticos, pastoreados por sus guías con paraguas de colorines. Como siempre ha sido, por los siglos de los siglos, la belleza, obra de los artistas y su mercenario talento, encubre en este mundo la previa fealdad del horror carnicero, ese rédito que las finanzas del poder le deben al yelmo de Marte. En un continuo cerval la guerra precede y prepara el terreno para los fétidos negocios de los depredadores y carroñeros, con semblante de avaricia y revestidos de pálido color como la muerte a plazos.

En esto, como en tantas otras pulsiones, nuestra pretendida civilización continúa siendo esclava de los instintos biológicos más animales y primarios. Probablemente hubo un momento de descuido o desvío en la recta senda de la evolución. Debió ser en ese momento preciso en que el chimpancé se bajó del árbol y empezó a caminar por la sabana perdiendo pelo y talento, aparte de habilidad para conjurar el miedo. Así de desvalido, ese ser pudo dedicarse más tarde a construir y habitar sedentarios planes urbanísticos, sobremanera en los litorales y sobre los ríos.

Antes del Renacimiento el hombre de Altamira no necesitaba todavía vender su inigualable arte para poder vivir. Simplemente pintaba y habitaba su cueva. Un atroz sedentarismo quiso ya después, mucho antes de los Médici y hasta llegar a Wall Street, con sus quirúrgicos misiles aire tierra, los beneficios de la bolsa monetaria que hace rodar la historia dependen en último extremo de una ruta de la seda, del salivante oro de El Dorado o... de un penetrante olor a petróleo iraquí.

En el persistente y rentable afán de deslumbrar al pueblo con añagazas y supersticiones para que adore a las altas jerarquías, hubo un tiempo para la deslumbrante magnificencia de las catedrales góticas y la cumbre plástica de los maestros del arte. Ahora solo nos queda la calderilla del espectáculo televisual. Una pirotecnia tecnológica de tubo catódico, una estupidez bien iluminada por la electricidad, una oquedad de conceptos basada en efectos gimnásticos. Pero nunca logran superar la magia de un Merlín el Encantador y por eso lo llevan al cine de la nostalgia en tiempos míticos donde se buscaba el santo Grial o se navegaba hacia Itaca. Donde se iba hacia alguna ilusión o alguna parte. Ahora giramos en redondo como los asnos en la noria del pozo del dinero. Nos engañan con un circo tedioso para pantalla en color que mangonea el poder de manera constante, en su perpetua misión de para amaestrar muchedumbres y hacerlas dóciles para sus propósitos de afanar tesoro y más poder y más riqueza y más poder...

Mientras la joven pareja Agag-Aznar podía cumplir sus ritos de dulce luna en la bella Venecia y más allá de los mares, su papá se ocupaba machacón de la sufrida España. Aún no ha retornado el silencio después del ruido de la boda de la aznarina fotocopia de fauces marfiles sin bigote aparente y su novio con nombre de gárgara estrangulada, y ya el presidente por antonomasia volvía a requerir el tambor multimediático. No puede dejar de deslumbrarnos con su ingenio. Ahora suelta trapo con la bandera rojigualda a tamaño sobrenatural, en el mejor estilo del zócalo mexicano. Sin embargo, lo que en los Estados Unidos es una calle poblada de ingenuas manos en el pecho y canto al estandarte, aquí es un desafiante fuego de rescoldos que resurge con violencia potencial y peligro de azul fundamentalista. Este siempre ha sido un territorio proclive a los sacristanes integristas y a las hazañas bélicas o las lapidaciones inmisericordes de adversarios en nombre de Dios.

“Español es el que no puede ser otra cosa”, dijo su precursor político Cánovas. Pero, olvidándose de la historia, el pretendido estadista abandona toda prudencia. Fiel a su estilo crispado, provocador y cereal, desata del letargo el animal del impulso patriótico rojigualda. Semeja ser Aznar un adepto a la máxima leninista de que “cuanto peor mejor”; quizá prestada por la ministra de Cultura, antigua militante en Bandera Roja; o por el industrioso ex marxista converso Piqué. Esclavo como parece de su complejo de agrimensor mesetario, el hombre, llegado a presidente a golpe de hemorroide de oposición y sudor de piedra sillar, está dispuesto a utilizar toda clase de taladros para inculcarnos su pretendido carisma. Necesita llamar la atención. Ser objeto de polémica permanente para fajarse la alta pretina.

Escasamente dado a las flaquezas de la carne y poco tentado a dar tientos a la botella con etiqueta de cilicio, al parecer su único debilidad es el ejercicio manual del poder a todas horas. Al igual que a su admirado emperador Bush, su mediocridad le resulta insoportable hasta a sí mismo. Huye por tanto de ese fantasma haciendo maliciosas jugarretas, en el más cruel estilo de los protagonistas infantiles de “El Señor de las Moscas”. Apolillados como están ambos en el mueble del aburrimiento integrista, sólo se divierten así, jugando a legionarios y banderas. Cuando no se tiene ningún contenido apreciable en el cráneo, uno se suele encenagar en la hojarasca de las formas y las afrentas. ¿Es el mundo en su conjunto fiel reflejo de sus líderes o la maquinaria de los partidos, mediatizada por los poderes monetarios, ha conseguido triturar o desterrar la inteligencia y la brillantez, y lo estamos pagando todos muy caro?
Yo diría que sobraban los signos de interrogación. Hay una carestía democrática y un no menos ostentoso déficit político en el sentido amplio y etimológico de la palabra. ¿Estamos entonces al cabo de la decadente caída en barrena del mundo patriarcal y sin recambio aparente, salvo seguir la inercia a ver qué pasa? ¿Nos acercamos al sansoniano bramido previo a la hecatombe del testículo agresivo como histórico norte de nuestra especie?

Una de las consecuencias evidentes de esa política es el atentado permanente contra nuestra propia madre tierra. El planeta cruje gracias a este progreso descerebral y guerrero, emanado de estas mentes prodigiosas que lo rigen. Y, desde luego, no se apercibe en lontananza ningún ser providencial y doctrinario como el Cristo del desierto y los apóstoles de las catacumbas romanas. O algún providencial ente extraterrestre dotado de tecnología adecuada y estética admisible por nuestra paranoica sensibilidad. Nadie superior que nos saque del apuro y procure soluciones civilizadas contra el soez neoliberalismo con pendones militaristas. Y que así, con amor inteligente, algo de poesía en el aire y semillas de sutileza lógica, nos libren de los Bush, los Aznar, los Berlusconi o los Blair... cambiar la vida. Porque, en esta ensimismada fascinación por nosotros mismos a la que hemos llegado, nos asemejamos a los escarabajos peloteros: su única ambición reside en acarrear trabajosamente y almacenar una bola cada vez más grande de innecesario estiércol.

Vivimos tiempos aciagos y es bueno que lo sepamos, para intentar cambiar el curso de este contaminado río que nos arrastra por el tiempo. Los que mandan aquí y allende el océano se tiñen de reflejos imperiales. El uno perdido en los nostálgicos ensueños de aquella España donde no se ponía el sol y el otro del imperio encontrado tras el derribo del Muro de Berlín.

En estas estamos cuando, aprovechando la debilidad de la fibra cultural y el descreimiento generalizado en un mecanismo social basado en la injusticia, el 11-S llegaron los atilas musulmanes hasta las puertas de la New Roma. Consagrado la fecha como supremo símbolo del antes y el después, ahora nos quieren hacer creer por la fuerza en la nueva cruzada poscomunista. El simplismo, la ansiedad y la paranoia como ideal de sociedad. Apenas nadie sopesa que, en realidad, esta delirante violencia significa la decadencia del imperio del espectáculo y la superficialidad como norma de vida. Un mundo con cerebro de maraca, lo más cercano posible a las tapias de un cuartel. ¡Señor, sí señor! ¡Ar!

La inquisición y la espada otra vez presentes hasta en la cibernética. La Red Echelon, el enemigo en casa como un Gran Hermano llegado de 1984. El Mundo feliz. George Orwell y Aldous Huxley como literatos profetas sobre lo que iba a venir hacia el 2002 en adelante. Quién lo iba a decir, España como precursora 1936 de la nueva cruzada universal del Tío Sam, invitado a la boda a través de su lacayo británico Tony Blair. Todo en el fondo muy quevediano, porque el caso es que aquí nunca terminamos de salir del país del rancio abolengo, el curtido ibérico y el reclinatorio.

En vez obsesionarse tanto con los vascos y catalanes más le valiera saber al mesetario Aznar, en honor de la eñe, que en las tierras de Europa el castellano brilla por su ausencia. A pesar del derroche de fondos en el decorado del Instituto Cervantes, en los museos y en los lugares oficiales multilingües existen indicaciones en todos los idiomas significativos menos el hispánico. El colmo de la estulticia es precisamente la italiana Venecia. En la basílica de San Marcos carteles en ruso , inglés, alemán, francés... menos en español. Pero al lado mismo los compatriotas del padrino Berlusconi vendían guías en nuestra lengua a buen precio. Así pues, a no ser que su educación en colegio católico de pago les haya deparado el don de lenguas, sus queridos hijos Aznar y Agag no se habrán enterado de nada escrito en público lugar. Ni en Venecia, ni en Berlín, ni en Paris, ni en Praga, ni en Budapest, ni en Dubrovnik... Así lo pudimos comprobar algunos viajeros antes de la llegada del los novios del boato. Si nos llegan a decir adónde iban se lo habríamos anticipado para ahorrarles el disgusto patriótico. Gracias. De nada. En fin.

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