Vivir en el alambre

| OPINION | Ramón Germinal

 

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Cuando la vida se rompe...


Madrid, 11 de marzo : 200 vidas rotas
“EL PAÍS” rinde homenaje a las víctimas
publicando una semblanza de sus vidas



(...) que todos los que sustentan y construyen el fascismo postmoderno,
tengan que ver, día a día, minuto a minuto,
que yo hago lo que me da la gana con mi vida. Mi vida rota expuesta.
Mi vida rota que quiero lanzar como una piedra contra los escaparates.
El querer vivir hecho desafío.

Santiago López Petit en “El infinito y la nada”


El 11 de marzo de 2004, la matanza de Madrid logró inundar de sentimientos la capacidad de razonar de la gente. A mí me ocurrió. Un mar de lágrimas y dolor, de impotencia, rabia y solidaridad sepultó la dictadura de la razón, esa que nos aconseja pensar fría y racionalmente apartando la influencia de las emociones. El mito de la Razón voló por los aires junto a los vagones de los trenes de la muerte: “no cabe en cabeza humana una matanza de este tipo” se dice cada vez que se repite un gran atentado; “mucha gente, sin pensar el peligro que corrían, ayudaban a los heridos dentro y fuera de los trenes”. Dos hechos que contradicen, desde ángulos opuestos, la racionalidad impuesta como foto-fija desde los tiempos de la Ilustración.

Partidario de la razón apasionada todos los días, la capacidad de conmoverme, de emocionarme, de sentir es lo que me hace llevar una vida rota que ansía por querer vivir ante la muerte en vida impuesta por el capital. Todos los que vivimos en el “alambre”, con las ilusiones destrozadas, sin horizonte posible, en la precariedad más descarnada también tenemos la vida rota, pero a diferencia de las víctimas mortales del terror, millones de cuerpos arrastramos la derrota, y como el filósofo, algunos queremos afrontar el desafío del querer vivir.

Lejos, muy lejos de los ríos de tinta, de las voces que interpretan la relación entre terror y resultados electorales, la inquietud me lleva a interrogarme sobre la forma-Stato, el tipo de sociedad y la servidumbre voluntaria del individuo, que de once en once, desde New York a Madrid amenazan con liquidar a la sombra que siempre acompaña al ser humano.

El Estado-guerra

“El atentado de Madrid es un recordatorio de que el mundo civilizado está en guerra” (Bush); “el Imperio ha declarado la guerra global permanente” (voces del movimiento de movimientos); “lo ocurrido en Madrid es un acto de guerra”(ofuscado tertuliano de televisión); la guerra santa (Yihad) ha golpeado fuertemente en el territorio de los Cruzados” (reivindicación de los atentados). Todos hablan de guerra, porque efectivamente, un tipo de guerra llegó el 11 de marzo a Madrid: la de la matanza indiscriminada que en su día infundieron el terror en Afganistán, New York. Iraq, Bali, Estambul, o Palestina; una guerra hecha en nombre de Dios y Alá, con bombas y bombarderos, que sitúa el frente de batalla en medio de las poblaciones y distribuye la muerte entre la gente que está o pasa por allí. Pero hay otras guerras.

Cuando los atentados del 11-S de 2001, me daba la impresión de estar viendo una película en la televisión. Reforzaba esta idea la ausencia de sangre y cadáveres, a pesar de ver como las personas se arrojaban al vacío desde una de las Torres Gemelas. Era como las voladuras de coches en los seriales televisivos: nadie aparecía muerto. En Madrid si, la sangre chorreaba por las pantallas y los muertos regaban las vías ferroviarias; y algo más grave aún: las imágenes me recordaban lugares comunes, trenes que un día había cogido, amigos que los cogen todos los días. Dejé de ser un espectador para estar implicado. Toda la mañana al teléfono para localizar a un sobrino que estudia en Madrid y a una amiga que vive en Torrejón y trabaja cerca de Atocha. Las matanzas que nos ofrecen cotidianamente los telediarios a la hora de la cena son digeribles, porque ocurren siempre en otro lugar, a otra gente y la televisión se encarga de fabricar indiferencia, pero esta vez las bombas estallaron en casa. ¡Me cago en los muertos de quien haya sido! ¡Y en los muertos de los inductores , directos o indirectos! Esas fueron las primeras palabras llenas de furia que se me vinieron a la boca. Desde la lejanía se suele repartir la bondad y la maldad entre los bandos de esta guerra. Pero desde la proximidad la maldad del terror lo llena todo, sólo podemos constatar que el azar convierte en inocentes a las víctimas.

“Una mala noticia es la mejor noticia” dicen los viejos periodistas. A los medios de comunicación les ha ido muy bien tras el 11-M. El dolor, la rabia, las muestras de solidaridad, los heridos y los muertos son la materia prima que sirven para ampliar la tirada de los periódicos, aumentar las horas de emisión en radio y televisión, conseguir un buen “share” rentable para la contratación de más y más publicidad. Después de una semana, hastiado y empachado logro desengancharme, romper los hilos que me atan al negocio de la comunicación. Apago la tele, desenchufo la radio, no voy al kiosko.

A los medios de comunicación les ha ido más que bien al demostrar la capacidad de movilización que les convierte en poder mediático. Durante tres días los micrófonos, las pantallas, los periódicos, han reproducido millones de veces un llamamiento a votar en las elecciones generales del 14 de marzo como la respuesta ciudadana al terror. Y lo consiguieron: tres cuartas partes del censo electoral votó ese día. Incluso viejos amigos anarquistas rompieron su dogma abstencionista para votar. La democracia que nos da libertad para elegir entre Rajoy y Zapatero, o Danone y Yoplay se salvó el domingo electoral. Millones de personas tranquilizaron sus conciencias al manifestarse por las calles el viernes 12 y acudiendo a votar el domingo. “Frente a esta matanza es lo que podemos, lo que debemos hacer: votar” repetían una y otra vez los entrevistados; respuestas que como un poderoso eco amplificaban los medios de formación de masas. Quizás la primera respuesta surgió de un editorialista, de un telediario. El malestar que llevo dentro se agranda al sentirme cómplice de otros terrores, de miedos a otras guerras que obligan a caminar por la senda de la precariedad y llenan el aire de tristeza.

Un sólo día bastó para interpretar los resultados electorales. Los neo-conservadores norteamericanos y europeos lo definieron como “un acto de cobardía y aceptación del chantaje terrorista”. Curiosamente, los más acérrimos partidarios de producir orden mediante la expansión del miedo, ahora se quejan de que el votante, amparado en el secreto y en la soledad de su decisión, decida castigar electoralmente a quienes lo convirtieron en diana y así dejar de estar en el punto de mira terrorista. Un amigo escribía el lunes 15 de marzo: “desde una cueva de Afganistán han nombrado al nuevo presidente español”. Brutal, pero cargado de verdad, razonado con la lógica del miedo, que es la lógica del Estado-guerra.

La socialdemocracia triunfante y sus hermanos de otras latitudes declaraban la valentía del electorado por acudir a votar después de la masacre y por tener en cuenta lo mal que ha gobernado la derecha durante sus mandatos, y sobre todo, el carácter autoritario demostrado en los cuatro años de mayoría absoluta, “que les llevó a no escuchar a un pueblo, que quería la paz y no la guerra”. Izquierda Unida, cada vez más izquierda hundida, se alegraba de su “contribución para desalojar a la derecha del gobierno”. Las estadísticas en general y los resultados electorales en particular, siempre están dispuestos a ser torturados hasta que hablen y dejen contento a sus torturadores.

La izquierda más radical y los que abjuran de esta anticuada terminología, entre ellos los escribanos del “movimiento de movimiento” se atribuyen el éxito de echar a Aznar, pues gracias a Internet, los mensajes de los teléfonos móviles y las concentraciones-manifestaciones del sábado de reflexión lograron movilizar a los abstencionistas y al nuevo voto de los jóvenes hacia el voto útil de ZP (zozobra y precariedad). Estos tecnófilos confían en una multitud subversiva que se mueva a golpe de nuevas tecnologías, como Marx en su día confió en la mecanización para el desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento de un proletariado llamado a cambiar el mundo. La chispa que incendia la pradera no prende en el desierto y nuestras vidas se parecen cada día más a parajes desérticos. Aunque rodeados de arena hay gente que, unilateralmente, se empeña con gestos radicales en cambiar la vida sembrando oasis . No quiero ser como una bella rosa del desierto, me gusta más la rama de un palmeral.

Una cosa son los cambios de gobierno y otra la forma-stato, es decir, la estrategia del capital para asegurar su dominio. En los últimos cincuenta años hemos pasado por un Estado-plan, que intervino en la economía planificando y redistribuyendo rentas para asegurase la paz social; por un Estado-crisis, que a partir de los años ochenta del pasado siglo, se encargaba de gestionar la llamada sociedad del riesgo hasta que con el nuevo milenio y partir del 11-S de 2001, dicha forma-Stato ya no sirve para afrontar la enorme vulnerabilidad de la sociedad actual, y ello da lugar a la implantación del Estado-guerra.

La Norma es la guerra en todos los ámbitos de la vida con esta nueva forma-Stato. La política se ejercita mediante actos de guerra, no existe la paz. No podemos eludir la pregunta ¿cual es tu guerra? Desgraciadamente, la matanza del 11 de marzo en Madrid nos engulle en la dinámica del Estado-guerra, aunque en Europa y en el PSOE no les guste hablar de guerra contra el terrorismo, para diferenciarse del pistolero Bush, sino de lucha contra el terrorismo y de seguridad; cambios semánticos que conducen al mismo objetivo en una y otra orilla del Atlántico: el Estado-guerra. Nunca han reconocido la existencia de otras guerras, guerras sociales con millones de víctimas, de existencias precarias, de vidas rotas.

La sociedad tecnológica

Vulnerabilidad es la palabra más utilizada para definir a los regímenes democráticos: “al ser sociedades abiertas y libres son más vulnerables al terrorismo”. La falacia de esta frase lleva implícita la alternativa de un Estado-guerra que sacrifique la autonomía y la libertad de la gente por un poco de más seguridad. Todo ello sin perder el envoltorio de la democracia. Ya sabemos la clase de libertad que reparten en las democracias, pero la vulnerabilidad tiene raíces más profundas y conviene recordar qué hace vulnerable a la sociedad tecnológica. Es como narrar la historia del Progreso pero al revés.

Seguro que cualquier madrileño del siglo XVIII no necesitaba de ningún tren de cercanía para ir a trabajar y ganarse el sustento, o para volver a casa a descansar. En plena sociedad mercantil los dominios del capital era los que ejercían los mercaderes en la compra-venta de mercancías. La organización del trabajo era cosa de artesanos, campesinos y sirvientes, que solían -aunque fueran miserables- disponer de algunos medios de subsistencia propios (huertos, ganado en los corrales, caza y pesca, etc.) para no depender totalmente del “vil metal”. La proximidad es fruto de la sabiduría popular, por lo que vivían al lado de donde trabajaban. Madrid no llegaba a los 100.000 habitantes a principios del siglo XVIII, los viandante y carruajes ocupaban sus calles y el paisaje urbano estaba salpicado de huertas, gallineros y porquerizas. Las relaciones de dominación en la sociedad mercantil eran muy duras, a caballo entre la servidumbre de la población rural y los primeros trabajos asalariados de las ciudades, pero en general, la gente gozaba de una mayor autonomía e independencia para satisfacer sus necesidades, o lo que es lo mismo, eran menos vulnerables que en la actualidad por mucho que se empeñe en decir lo contrario la Historia, escrita como siempre por los vencedores.

A mediados del siglo XIX, la pujante sociedad industrial introdujo la máquina y la fábrica en el proceso de producción. El mercader convertido en capitán de industria comienza por arrebatar la organización del trabajo a los artesanos, maestros y oficiales, dejándola en manos de los ingenieros, cercenando la autonomía del trabajador para hacerle depender del ritmo que impone la máquina. Los bienes comunales y los accesos a los medios de subsistencia son cercados casi definitivamente, y los campesinos emigran a las ciudades obligados a proletarizarse: millones de personas pasan a depender exclusivamente de un salario con el que sobrevivir. La ciudades crecen y para desplazarse al trabajo la gente tiene que coger el tren, el metro y más tarde en el siglo XX el coche. La proximidad se cambia por la movilidad motorizada, lo que hace aún más dependientes o vulnerable a las personas.

La ciudad de la sociedad industrial necesita de grandes infraestructuras para ser alimentada y depurar sus nocividades, y así cumplir con su función principal de gran fábrica reproductora de mano de obra. El agua, la energía, los alimentos, los materiales ya no están accesibles y hace falta transportarlos, al igual que a los trabajadores que viven hacinados en suburbios verticales. La dependencia de un mundo mecanizado es perceptible en la sociedad industrial y por lo tanto la vulnerabilidad aumenta. Los objetivos prioritarios de los bombarderos en las guerras del siglo XX son las infraestructuras.

Después de la segunda guerra mundial, con los avances de la automatización en la producción de mercancías y servicios, los procesos de informatización y las innovaciones en el campo de las telecomunicaciones, la sociedad industrial deviene en sociedad tecnológica (de la información o en red como también la definen). Si el capitalismo en su etapa mercantil era el mercado quien fijaba las relaciones de dominación y en la sociedad industrial hacían lo propio, la máquina y la fábrica, en la sociedad tecnológica, la conexión es la palabra clave. El aparato tecnológico ha logrado imponer la interconectividad, y por tanto, la dependencia de la gente con respecto a la tecnología para poder vivir. Y si no estás conectado, estás excluido, muerto. Cualquier fallo, sabotaje o acto de terrorismo en elementos esencias de la interconexión supone un fallo en cadena. Hay un apagón eléctrico en una gran ciudad y deja de funcionar el transporte público, los ascensores, los electrodomésticos, las potabilizadoras y depuradoras de agua, etc. Cualquier sistema de transporte se convierte en arma de destrucción masiva: los aviones en el 11-S y los trenes en el 11-M.

La sociedad tecnológica es la más vulnerable de las conocidas, aunque el consumo y la parafernalia de la seguridad en una pequeña parte del planeta den la sensación de lo contrario. La dependencia del dinero hace vulnerable a gran parte de la sociedad pues ni el techo ni la alimentación están asegurados; un futuro robado por la degradación del medio ambiente nos hace más vulnerables a las catástrofes, los accidentes y a las enfermedades; la ciudades en las que viven más de la mitad de la población mundial tienen millones de instalaciones proclives a objetivos terroristas, por lo que a pesar de la progresiva militarización de estos enclaves, la ciudad es muy vulnerable.

El dominio tecnológico es como el genio de la lámpara, una vez liberado anda suelto. Las armas nucleares, químicas o biológicas ya no son monopolios de los Estados. En su día fueron calificados como hitos del Progreso: “la energía nuclear resolvería los problemas de la humanidad”; hoy una bomba nuclear en una maleta puede sembrar la muerte en cualquier metrópolis. “Las sustancias químicas aplicadas a la agricultura acabarán con el hambre”; el nitrato amónico, un fertilizante químico de libre adquisición, provocaron las matanzas de Bali y Estambul. “Las biotecnologías harán posible la seguridad alimentaria y acabarán con enfermedades como la diabetes”; hoy un fantasma horroroso recorre el mundo: la posibilidad de que grupos terroristas utilicen armas biológicas. El uso de dichas armas por parte de los ejércitos contra los vietnamitas, o los kurdos son experiencias que llenan de pavor. La vulnerabilidad se agranda en la sociedad tecnológica por las mutaciones provocadas en los comportamientos individuales, que giran entre la explosión del desorden y una nueva servidumbre voluntaria basada en la auto-realización del individuo.

Como hemos cambiado

¿Como es posible que haya gente capaz de poner bombas en trenes de cercanía y matar a tanta gente? La mentalidad humana tiene su lado oscuro cargada de motivaciones verdaderas y falsas, abducida por fanatismos religiosos o patrióticos, encrespada por el ejercicio de dominación, capaz de hacer ejecutar atrocidades; la historia de la humanidad es testigo de ello. La novedad estriba en los medios para matar que han elevado su potencial de destrucción en la sociedad tecnológica, han diversificado las formas de matar, y se han socializado: el Estado ha dejado de tener el monopolio de las masacres.

Conocida la relación directa entre la participación de las tropas españolas en la guerra de Iraq, impuesta por la gaviota de las Azores, y la matanza del 11-M en Madrid, en la tarde del sábado de reflexión electoral las sedes del Partido Popular fueron sitiadas pacíficamente por algunas miles de personas ¿Y porqué no una insurrección popular? En los primeras décadas del siglo XX, la negativa a participar en la guerra de Marruecos o en la primera guerra mundial provocó huelgas generales, revueltas y barricadas. Sin embargo, el 13 de marzo la ilegalidad de la multiud vociferantes se limitó a pedir la verdad y a pedir un voto de castigo para Aznar. En el cuarto año del siglo XXI, la guerra de Iraq trasladó uno de sus frentes a Madrid provocando una matanza entre los viajeros de los trenes de cercanía y todo ello porque un día aciago en el Congreso todos los diputados del PP, sin excepción, votaron a favor de una guerra que cuenta ya con más de diez mil víctimas mortales, la mayoría civiles. En un siglo los cambios han sido vertiginosos.

La información, el conocimiento y el saber han cambiado con la sociedad tecnológica. De la información boca a boca sobre los asuntos de la comunidad que pudieran interesar a los individuos que la componían, hemos pasado a la información en tiempo real de lo que ocurre en el mundo. Es como esconder una pajita en una pajar. A cualquier persona le es muy difícil escoger lo que le interesa entre una información sobresaturada. Del conocimiento basado en la observación empírica del entorno humano y ambiental, a un conocimiento abstracto y parcelario va un abismo, el mismo que separa al conocedor por vivir la experiencia del experto. Las nuevas tecnologías tienen su fuerte en acumular información a velocidad de vértigo y volcarla en la red al servici de los especialistas. A todos nos han convertido en “algo”. Mucha información interesada y mucha especialización en el conocimiento al servicio del dominio tecnológico da lugar a o poca sabiduría, y no me refiero a grandes sabios, sino a la progresiva desaparición del saber social fruto de una información y un conocimiento observado, transmitido y experimentado con los cinco sentidos, que nos permite diferenciar entre lo que se puede y lo que se debe hacer. Fabricar productos de la ingeniería genética o volar un tren cargado de pasajeros técnicamente se puede hacer, pero ¿se debe?

La sociedad tecnológica trata de acabar con el saber social (la inteligencia colectiva o General Itelectic de Marx) heredado de generaciones anteriores, recreándolo en forma de cooperación social interesada en cualquier ámbito de la vida; cooperación en interés del capital que no necesita la sabiduría de la gente sino su subordinación al aparato tecnológico, que solo entiende de lo que se puede hacer, no está proyectado para tener en cuenta lo que se debe hacer ya sea por moralidad, ética o estética. Igual que los fanáticos autores de la matanza de Madrid, miembros programados de una red que se sirven de Alá para vislumbrar el paraíso con los ojos cegados por la muerte, y del teléfono móvil para llamar a sus seres queridos o activar bombas. La progresiva desaparición de la sabiduría popular en este tercer milenio, si que nos ha cambiado y mucho.

Los vínculos sociales hacen posible el saber social, el individuo no vive sólo en el mundo y cuanto mayores y sólidos son estos vínculos menos sólos nos encontramos, mejor se reparte las cargas pesadas de la vida, y la edad, lo vivido en común nos hace más sabios. Todo lo contrario al trato infame que se les da en esta sociedad a los viejos. El vivir en común resta importancia a la auto-realización personal, auténtica obsesión de hoy donde la mayor parte de los vínculos sociales han sido destruidos o reconstruidos desde el poder para facilitar la movilización social. Una palabra que sólo tu conoces abre el camino al vínculo principal en tiempos de conexión/desconexión: es la clave individual que nos permite el acceso a la red, sin ella estamos perdidos y excluidos, el miedo nos impulsa a estar conectados. Un vínculo directo entre el individuo y el Estado. El 14 de marzo fue un domingo raro, no fui a votar, entre tanta gente que iba a conectarse en los colegios electorales a cumplir con el derecho del voto individual y secreto, el rito de la democracia. Todavía no lo han convertido en un deber por lo que pasé la mañana caminando, acompañado de mi perra y mis pensamientos.

Entre caminata y caminata pensaba en el oficio de policía de la mente que le han asignado a los psicólogos tras la matanza de Madrid. Ya ocurrió en New York el 11-S, otro acontecimiento que abre interrogantes en la vida de la gente. Miles y miles de personas se vieron afectadas en Madrid: heridos, testigos presenciales, familiares, amigos, vecinos, gente que ayudó, trabajadores de los servicios públicos, etc. Los psicólogos tenían que hacerles hablar, que no se callaran nada, había que volverles a la normalidad; sin embargo, las preguntas seguían machacando mentes: ¿para que ir a trabajar?, ¿cómo voy a seguir viviendo esta vida rota?, ¿porqué? Como hay más personas afectadas que profesionales o aficionados a la psicología, los medios de comunicación han abierto sus consultorios para recomendar formas de tratamiento para recuperar la ansiada normalidad. Norma que es imposición cotidiana para las vidas rotas por la precariedad.

En la noche post-electoral ZP recomendaba celebrar la victoria con tranquilidad, pues al día siguiente había mucho que trabajar. Y decía bien, ya que el gobierno del PSOE estará empeñado en acabar con la politización de la vida, un extraño virus que afectó a centenares de miles de cuerpos que salieron a la calle para impedir la guerra de Iraq en febrero de 2003, y que ha vuelto a renacer este año entre miles de personas, como si lo hubiera traído los idus de marzo. Modestamente ocuparon las calles, se juntaron y gritaron en un día que la democracia llama a estar a solas con tus reflexiones. Por algo se empieza.

Granada, 15 de marzo - 1 de abril de 2004

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