Vivir en el alambre

| OPINION | Ramón Germinal

 

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El precio del aire

Se reunieron en Evian, en la cumbre del G-8, los jefes de los Estados más poderosos del planeta para ordenar otra vuelta de tuerca a la maquinaria de dominación que explota, oprime, discrimina y excluye a millones de personas, poniendo más difícil aún el acceso a los servicios públicos, las prestaciones por desempleos y a las pensiones. Más de lo mismo. Para combatir las manifestaciones antiglobalización, los robocop antidisturbios llevaban incorporadas mascarillas con las que protegerse de los gases que ellos mismos disparaban. Envenenar el aire que respiramos forma parte de una estrategia criminal muy utilizada en el siglo XX, desde la primera guerra mundial a la dispersión de grandes manifestaciones. Se trata de desvalorizar un elemento natural para la vida, ante lo cual, la gente afectada pierde los sentidos, muere o se compran mascarilla.


El aire transporta el virus de la neumonía atípica en China y otros países del sudeste asiático. El virus se vuelve viajero gracias a las rebajas turísticas que ofrece la globalización y ya está en Toronto; todas las fronteras del mundo están en alerta para impedir que viajen personas enfermas de neumonía, ya que al respirar liberan al temible virus. Desde hace un par de meses las televisiones muestran a miles de personas con mascarillas: enfermeras de hospitales, estudiantes, albañiles, Mascarillas de todo tipo, desde las más sofisticadas a la copa de un sostén reconvertido en autoengaño, que da tranquilidad y provoca un efecto placebo en quien lo lleva. Estas imágenes una y mil veces repetidas logran acostumbrarme a ver gente con mascarillas por las calles. Aunque molestas, en las obras, en los talleres y en las fábricas, las mascarillas forman parte del paisaje industrial, igual que en los hospitales es común verlas, pero su presencia en la plaza, el autobús, o la vía pública eran excepcionales.


La primavera la sangre altera y llena las calles de mascarillas. Las alergias al polen en la olivarera provincia de Jaén afecta a un número cada vez más importante de niños. Ni cortos ni perezosos, la administración escolar andaluza ha ofrecido un programa de traslados de escolares a poblaciones del litoral -donde apenas hay olivos- para que los infantes puedan terminar el curso escolar. En los paseos matutinos por Granada me quedo atónito ante la proliferación de mascarillas. Se están incorporado a la vestimenta como un complemento más: mascarillas blancas, azules, color hueso y hasta ocres, que ponen misterio a bellos rostros, como el velo musulmana destaca la hermosura de los ojos. Dos siglos contaminando el aire tiene como consecuencia el debilitamiento del sistema inmunológico de los seres humanos y crecen las alergias a las partículas que viajan con el aire. Se multiplican las mascarillas; el aire tiene que pasar por dicho peaje para entrar en los pulmones.


Para comer, beber y respirar son necesarios la tierra, el agua y el aire. Hace siglos que privatizaron las tierras, levantando cercas y títulos de propiedad, para que los alimentos cultivados tuvieran un precio. El siglo XX ha sido el de la monetarización del agua, pocos son los lugares donde no hay que pagar por ella. ¿Será el primer siglo del nuevo milenio el tiempo donde se privatice el aire? Ya a finales del siglo XIX, se construyeron balnearios para tomar las aguas y respirar el aire puro de las montañas, donde sanaban ricos e ilustres clientes. Todo un anticipo de lo que vendría después. La gente que cree que la tierra es de todos, siempre nos hemos hecho una pregunta ingenua para obtener una respuesta crítica y subversiva ¿Quien le pone puertas al campo? Puertas y vallas les pusieron para apropiarse de lo común. Al agua que corre libremente por los ríos le construyeron inmensas paredes de hormigón para almacenarla y canales kilométricos por donde trasvasarla; le instalaron compuertas, llaves de paso y contadores para poder cobrar lo que no tenía precio. Y ahora venden mascarillas con las que respirar.


El consumo de botellas de oxígenos para respirar tiene un mercado limitado a la sanidad, y el buceo, pero hay otras formas para pagar el aire puro. La publicidad televisiva anuncia un aparato de aire acondicionado que produce iones positivos, lo que permite a sus usuarios respirar un aire tan limpio como el de las montañas. El habitáculo de la casa, si cuenta con uno de estos aparatos, se convierte en un lugar donde se disfruta del aire que sus inquilinos han comprado.


En lugares donde todavía quedan restos de tierras comunales y agua gratuita para beber, las comunidades que lo habitan respetan estos elementos esenciales para vivir, bienes comunes presentes en su cultura, valores simbólicos incorporados al lenguaje, metáforas de la vida: el tiempo erosiona mi cuerpo; en tu huerta comí la más dulce de las brevas; tierra muerta es el pensamiento de esta generación; la fuente de mi inspiración indica que de perdido al río y si me asomo al pozo sin fondo... Una vez mercantilizados estos elementos se pierde, como agua en zaranda, el vivir en común, autonomía y libertad de la gente que se ve sometida a la dependencia del dinero. De niño iba con mi padre a coger espárragos y alcaparras al campo, hoy tengo que comprarlas envasadas en un supermercado; en los veranos calurosos de mi infancia todas las tabernas tenían un botijo para beber el agua fresca que quisiéramos dando sólo las gracias al tabernero, en cambio si tengo mucha sed en estos días, en cada esquina de la estación, el comercio o el chiringuito puedo encontrarme con una maquina expendedora de botellas de agua mineral que traga monedas.


El comercio del agua forma un mercado cautivo con clientes obligados a consumir. Si la mercantilización del líquido elemento se impone y borran de la memoria el agua gratis, la venta del aire será el paso siguiente. Atentos a las mascarillas y a los aparatos de aire.



Granada a ocho de junio del año dos mil tres.

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