Vivir en el alambre

| OPINION | Ramón Germinal

 

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Lecturas de verano

El verano está asociado a las vacaciones, aunque sólo sean unos pocos días, porque disfrutamos de permiso laboral. Y parece que también se toman un descanso las neuronas, ya que las lecturas recomendadas para el estío suelen ser novelitas ligeras, legibles en las playas, en la sierra o en cualquier sombra agradecida. El 4 de junio comenzó el verano de este jubilado en Sevilla y prosigue sin descanso en Granada hasta el día de hoy. Temperaturas cercanas a los 40º y máxima luz solar durante el día obligan a encerrarme en una casa ensombrecida, con las aspas del ventilador a toda marcha y un tocho, el libro de 717 páginas escrito a dúo por Luc Boltanski y Eve Chiapello titulado El nuevo espíritu del capitalismo. Es una lectura recomendable para hacer gimnasia mental y no volver atontados tras el verano; cabe la posibilidad de combinarla, en los ratos de asueto mental, con el saludable ejercicio de levantamiento de peso utilizando los casi tres kilogramos de libro que tenemos entre manos.


1958: A los catorce años es aprendiz de mecánico en los talleres Herreros. Son una veintena los jóvenes que, recomendados por los salesianos, trabajan en el taller fundado a principio de siglos por el patriarca de los Herreros. El viejo pasea todas las mañanas entre chapas, máquinas y carteles que reclaman silencio y obediencia al maestro; recuerdan que el taller es la prolongación de la familia, un lugar donde estos jóvenes pasan doce horas cada día laborando. Tiene las manos encallecidas, el pelo blanco y le falta el lóbulo de la oreja izquierda; cuentan que lo perdió en una pelea entre talleres del pueblo. Dicen que se ha hecho así mismo en la forja que también conoce y que a lo largo de su vida ha convertido en hombres a centenares de niños procedentes de la escuela salesiana; afirman que ha dado de comer a mucha gente. Fue el capitán de empresa en mi pueblo, el espejo donde mirarse, el ejemplo del primer espíritu del capitalismo.


1968: El aprendiz se ha convertido en un joven oficial de mantenimiento en una fábrica de automóviles. Por la noche estudia y está apunto de acabar una ingeniería técnica, un título que le puede abrir las puertas del ascensor en la empresa multinacional donde trabaja. Así dicen que empezó el director de la fábrica, un hombre admirado por emplear a miles de trabajadores, gracias a lo cual, en las casas hay frigoríficos, televisores y lavadoras. Otros cuentan que el director llegó directamente de la universidad a la fábrica con la recomendación del papá accionista. El caso es que muchos sueñan con ser como él, o mejor dicho, llevar la vida de él. El segundo espíritu del capitalismo hace años que reina en los hogares... pero en las universidades, en la fábrica y en las calles el mayo florido estalló...


1998: Tiene cincuenta y cuatro años, trabaja en la sanidad pública -aunque lo único que cuida y procura mantener en el mejor estado posible son las calderas del hospital- y le protege un estatuto similar al de los funcionarios. Su vida es aburrida pero segura: ha pagado la hipoteca del piso, va por el tercer coche y sus hijos están en la universidad; el mayor de los tres ya terminó la carrera es informático, un emprendedor que ha constituido su propia empresa. Trabaja por proyectos, con un contrato mercantil para grandes empresas. Él no podrá ser como su padre, un funcionario con la vida asegurada, él tiene iniciativas, no quiere jerarquías, ama la autonomía, tiene conexiones, sueña con el hacker capaz de manejar las redes, con poder para entrar en todos los sitios, beneficiar a la gente y de camino, beneficiarse así mismo. Es el nuevo espíritu del capitalismo.


Boltanski y Chiapello analizan, interpretan los cambios acontecidos en esta sociedad durante las tres últimas décadas. Parten de algunas premisas, axiomas: 1) El capitalismo necesita un espíritu para comprometer a las personas de las que dependen la producción y la marcha de los negocios. Aunque la libertad de trabajar sea una falacia, en un mundo donde la gente está sometida al régimen salarial para poder ganarse el sustento, el trabajo forzado sólo permite abordar tareas poco cualificadas, mientras que, en general, se requiere la implicación voluntaria de los trabajadores para que la maquinaria productiva funcione; 2) El espíritu del capitalismo debe incorporar una dimensión moral para ser movilizador. Tiene que ofrecer a las personas posibilidades de justicia y una seguridad que permita mantener las condiciones de vida a la gente y a sus hijos; 3) Para perpetuarse el capitalismo necesita, al mismo tiempo, estimular y refrenar la insaciabilidad. Estimula los deseos de acumulación, atesorando propiedades o poder, pero también precisa frenarlos con exigencias morales, imponiendo obligaciones en nombre del llamado"bien común", si quiere conservar lo que lo define como espíritu, su capacidad de movilización; 4) El espíritu del capitalismo no puede ser reducido a una ideología. Está obligado, en parte, a dar lo que promete. Se ve constantemente puesto a prueba por aquellos que lo evocan como un ideal, (como la democracia) denunciando lo que se sale de norma; y 5) El capitalismo tiende perpetuamente a transformarse. Las nuevas formas de consecución del beneficio se convierten en fuerzas de transformación muy potentes. Cuando las transformaciones se acumulan radicalmente, surge un nuevo espíritu del capitalismo para garantizar la movilización.


Días atrás se cumplió el primer centenario de la fabricación del modelo T, el coche de Ford producido en serie, a un precio asequible para sus propios empleados. La organización del trabajo que conocemos como fordismo, basada en la cadena de montaje, hizo posible el consumo de masas, a la par que crecían los beneficios y las empresas multinacionales, implantándose el Estado del bienestar en los países industrializados. El espíritu del capitalismo ofrecía seguridad: sanidad pública, prestaciones por desempleo y pensiones; libertad: para emanciparse del yugo familiar mediante el trabajo en la empresa; libertad y movilidad con el coche propio, sin necesidad de depender de los transportes públicos. La figura totémica de la libertad, del espíritu del capitalismo durante el fordismo, muy bien expresada por la publicidad, es el automóvil. Durante algunas décadas, la movilización funcionó como la máquina bien engrasada que era, pero ante las críticas a la burocracia estatal y a la jerarquía en la empresa, a la uniformidad y al consumo banal, a la falta de autonomía y de autenticidad comenzó rechinar, hasta conseguir a finales de los años sesenta un frenazo en el proceso de acumulación capitalista; la lucha obrera se mostraba rentable para conseguir un mayor reparto de rentas y lo que era peor, una gran cantidad de jóvenes mostraban un preocupante rechazo al trabajo. En Barcelona se publicaba una revista llamada Indolencia, en cuyo primer número apareció un artículo, firmado por un amigo de la infancia, titulado Elogio de la gripe para alentar las bajas laborales. Estaba tocado de muerte el espíritu del capitalismo, había llegado la hora de transformarlo, de hacer emerger uno nuevo.


La década de los ochenta, la de Teacher y Reagan, han pasado a la historia como los años de la revolución conservadora, del arranque del neoliberalismo, pero también gobernaron Miterrand y González, los cuatro jinetes de políticas apocalípticas favorecedoras de la iniciativa capitalista, que empresa por empresa fueron cambiando la organización del trabajo y convenio a convenio reduciendo el marco del derecho laboral. Contratas, subcontratas de la contrata, trabajo autónomo, temporal, negro... fábrica difusa en el territorio; regulaciones de empleo y cierres de empresa, deslocalizaciones a terceros países con mano de obra barata y escasa legislación sobre el trabajo o el ambiente; robotizaciones, ofimática, telemática, trabajo justo-a tiermpo, grupos de trabajo, formación permanente, movilidad, flexibilidad, conectividad, equipos por proyectos, redes; precariedad laboral, trabajo basura, desestructuración de la clase obrera, final de la centralidad del trabajo y el sujeto ¿donde está? Todos estos cambios lo cuentan muy detalladamente Boltanski y Chiapello, han tenido capacidad, tiempo y medios suficientes para mostrarlos en un gran número de páginas, además, exponen los elementos básicos del nuevo espíritu del capitalismo. Dicha renovación, según los autores, es hija bastarda de mayo del sesentayocho, de la crítica artística -desde el surrealismo a los situacionistas- que prendió fuego a dicha primavera.


Al poner en la picota las convenciones ligadas al viejo mundo burgués, doméstico y familiar, al criticar ferozmente el rígido orden industrial, con sus jerarquías y producciones estandarizadas, la crítica artística "le ofreció al capitalismo la posibilidad de apoyarse en nuevas formas de control y de mercantilizar nuevos productos más individualizados". Autonomía, libertad, movilidad, autenticidad, diferencia, diversidad son conceptos de la denominada crítica artística recuperados por el capital para organizar la producción, la ciudad por proyectos y dotar de un cierto sentido al renacido espíritu. Algunos amigos de mentes negras y espacios en blanco prefieren llamarlo fascismo postmoderno, ese conjunto de "tecnologías del consenso" que hacen posible la movilización voluntaria basada en la realización personal, en los espacios de relación que constituyen identidades, en los proyectos de la ciudad-empresa. Barcelona sería el ejemplo más claro: voluntarios para las Olimpiadas de 1992, capital mundial de la paz y la diversidad para el Forum de 2004.


En las conclusiones, los autores apuestan por la seguridad como factor de liberación y por limitar la esfera mercantil. A la vida le han puesto precio, a la tierra y al agua, a los deseos y pronto al aire. No basta con limitar, resistir-se a la mercantilización, hay que crear espacios libre de dinero , repletos de dinero gratis. Discrepo vivamente de la primera apuesta, la seguridad se ha convertido en un valor mercantil de primer orden, ya que es una "mercancía" escasa en los tiempos que corren. Una de las definiciones de seguro es la de no sospechoso y como todos sabemos, la sospecha y la inseguridad se han adueñado de la sociedad, generando importantes beneficios la venta de "seguridad" y en nombre de ella gobierna el Estado-guerra. Tanta seguridad da miedo, como el horror a la muerte, lo más seguro que nos tiene que pasar. El miedo se ha convertido en estos días en uno de los principales vínculos sociales, que convierte a la gente en delatora de su vecino y en ferviente partidaria de más seguridad y menos libertad. A mi juiio, el problema no reside -como insisten los autores en la falta de seguridad y estabilidad laboral, sino en la ausencia de medios para satisfacer las necesidades humanas al margen del régimen salarial, y en el desequilibrio con el que nos obligan a vivir, buscando asideros, seguridades. El cuerpo puede vivir en el alambre gracias al peso de las fuerzas que se encuentran en él compensándose, ese es el riesgo del querer vivir.



Granada a 17 de junio de 2003

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