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Apaga y vamonos  Un día del mes antepasado, el agobiante y caluroso agosto, me encontraba refugiado en la oscuridad de la casa acompañado por Doris Day, que desde la ventana mediática le preguntaba a su marido ¿donde estabas anoche cuando se fue la luz? en una comedia tonta, basada en el apagón eléctrico de 1965 en la ciudad que “nunca duerme“, repuesta infinidad de veces en las televisiones por cable. Ese día, en los telediarios de la noche, la noticia de primera plana era el gran apagón en New York, Cleveland y muchas ciudades de la costa Este de los EE.UU y Canadá. Ya van tres: 1965, 1977 y 2003. En la prensa del día siguiente se entraba en detalles.
La reacción social ante los apagones fue desmenuzada en crónicas y columnas. Entre las consecuencias del primer apagón (1965) rememoraban el aumento de los natalicios nueve meses después, con la velada crítica que se hacía a la entonces reciente invasión de los aparatos de televisión en los hogares y que cambió la tradicional costumbre de follar, -los que podían y querían- cuando se apagaba la luz, por la de sentarse a mirar esa caja cuadrada que ahora llamamos tonta. Crónicas ingenuas y felices, como la Doris Day de las pantallas, de un día que se fue la luz en una década iluminada por el Progreso y las políticas de desarrollo, o lo que es lo mismo: el esplendor de la sociedad de consumo en Norteamérica y algunos países de la Europa occidental, a costa de expoliar los países empobrecidos o “en desarrollo“ como era el caso de las Españas y muchos otros. En la misma década, unas manchas oscuras amenzaban con apagar la luminaria feliz del consumismo; los trabajadores de las cadenas de montaje, con sus huelgas salvajes, reclamaban un mejor reparto del botín, y estaban hastiados de un trabajo que les encadenaba a la máquina productiva, desde que se preparaban como estudiantes para obedecer el pitido de la sirena de la fábrica. 1968 fue la gran pedrada para oscurecer la sociedad.
Del apagón de 1977, los periodista destacaron el aumento de la criminalidad, los robos y los saqueos en aquella larga noche, sobre todo en los barrios pobres de New York; eran retratos sociológico de la fuerte crisis de aquellos años, que tras el fracasado intento de “asalto a la fábrica“ durante el último decenio, llegó la contraofensiva del capital en forma de regulaciones, despidos, precariedad laboral y social, y desarticulación de la clase obrera en una guerra sin final que llega hasta hoy, como un pozo sin fondo. Los gatos salvajes que aquella noche de 1977 aprovecharon el apagón general para saquear comercios, se adelantaron a cerificar la defunción de la centralidad del trabajo en nuestras vidas, para dar rienda suelta a la prioridad de estos tiempos: satisfacer las necesidades, los deseos y las pasiones.
Todos los medios de comunicación, tanto los audiovisuales como los escritos, resaltan la paz y la tranquilidad, la falta de incidentes en esta gran apagón de 2003. Algunos cronistas se atrevieron a señalar el miedo inicial en New York, temiendo que se tratara de un nuevo atentado terrorista en la ciudad marcada por la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Miedo que se convierte en tranquilidad al anunciar las autoridades el motivo: un fallo del sistema eléctrico. La megamáquina deja de funcionar, se apaga cuando se corta la electricidad. Dos años después del 11-S, los apagones de este verano muestran descarnadamente la vulnerabilidad de la metrópolis y algo más: el miedo se ha convetido en el vínculo social determinante en nuestra sociedad; la gente durante el apagón se mostró tranquila, no protestaba nada más que para demandar más seguridad. No hubo fiesta, diversión, intentos de alargar la noche, de mantener apagada la ski line.
Las crónicas más corrosivas sobre el apagón se limitiban a criticar la política energética de Bush, responsable de favorecer al sector extractor (nuevos yacimientos petrolíferos) y productor (refinerías, centrales eléctericas, etc), de consentir la corrupción en grandes empresas del sector (Enron) y de abandonar el sistema de distrubución eléctrica, no inviertendo en redes antiguas y obsoletas que facilitaron el gran apagón. Lo mismo puede decirse y se ha dicho en la prensa con respecto a los apagones de Londres, Mallorca o Barcelona de los dos últimos años. En defintiva se acusaba a la red de distribución eléctrica de falta de modernidad técnica para impedir el efecto dominó, por el cual, el fallo por sutaración de la demanda en una subestación, la hace saltar y como la ficha de dominó va haciendo caer al conjunto de la red. Crítica que ignora conscientemente dos elementos fundamentales por lo que la convierten en un sofisma: el incremento incesante de la demanda eléctrica y la interconexión de las redes eléctricas son consideradas como verdades incuestionables en la sociedad tecnológica.
La electrificación es el sistema nervioso de la megamáquina que domina esta sociedad. La electricidad aporta potencia para la industria, el transporte y el esfuerzo a realizar en las tarea más cotidinanas del hogar. El ordenador y el cajero automático del banco tienen enchufe, lo mismo que el ascensor o el lavavajillas. Son esfuerzos físicos o mentales que nos ahorramos gracias a la electricidad a la hora de sumar, esperar en una cola, subir las escaleras hasta un quinto piso o fregar los platos. La electricidad también es imprescindible para ver la televisión o disponer de aire "acondicionado" tan fresco y natural "como el que respiramos al lado de una gran cascada", según nos contaban los publicistas hace escasas semanas, en los días más calurosos del veranos; en esos días que fallaron las estaciones eléctricas por exceso de demanda y se pusieron todas a jugar al dominó con el resultado de numerosos apagones. No cabe en "cabeza humana" un mundo con menos electricidad; el sentido común eleva a la electricidad a la categoría de obviedad indiscutible, por lo que son descartables las soluciones de beber agua fresca sin refrigeración eléctrica, o tener la casa fresquita sin aire "acondicionado ", a pesar de ser soluciones experimentadas durante siglos por la humanidad. La razón para el crecimiento constante del consumo eléctrico estriba en el aumento de la dependencia de las máquinas que genera.
La interconexión eléctrica sufre un proceso acelerado a partir de la mitad del siglo XX, con las redes de alta tensión que llegan a conectar a países y continentes. Aqui mismo tenemos el ejemplo: Francia, con más de medio centenar de centrales nucleares, es la gran productora que distribuye electricidad a las vecina España y a Bélgica, y desde Tarifa la red eléctrica española mediante cable submarino transporta electricidad a Marruecos. Son redes de "ida y vuelta"que teóricamente aseguran que la electricidad "núnca falte" en el territorio interconectado. Así vendieron la interconexión a las empresas locales que se abastecían, generalmente, de pequeñas centrales hidraúlicas. La interconexión eléctrica acaba con la autonomía del abastecimiento local (como en el caso del agua), favorece la construcción de grandes centrales y nos introduce en el peligroso juego del dominó eléctrico y los apagones. Además tiene otra cualidad perversa: no importa el origen de la produción eléctrica, ya sea nuclear o eólica, la interconexión de las redes permite el consumo excesivo, el crecimiento urbano y todas las nocividades que le acompañan. Las discusiones que en los círculos ecologistas acompañan a las bondades o maldades de los parques eólicos se convierten en naderías.
La vulnerabilidad de las grandes ciudades, dependiente todas ellas de la electricidad, cuando llega el gran apagón salen a flote. Tuvieron que ser miles las personas rescatadas en los vagones y estaciones del metro neoyorquino. Y da risa de mala leche, las contradictorias declaraciones del alcalde y el gobernador neoyoroquino: mientras uno recomendaba tomarse el día libre e ir a refrescarse en la playa de Long Island, el otro prohibía el baño, ya que la ausencia de electricidad había provocado la paralización de las depuradoras de aguas residuales de la ciudad, por lo que se estaban liberando millones de litros de aguas fecales al mar. El "apaga y vamonos" no es de resignación, sino un llamamiento para apagar tanta luz y viajar por las oscuridades de la nocturnidad: creando espacios de lucha y de vida, que dure el baile mientras el cuerpo aguante.

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