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Patria  Uno de los vocablos que está más impregnado de emoción es patria. Yo lo siento ahora que lo escribo. He estado titubeando antes de emplear la expresión "vocablo". ¿Se puede afirmar que patria es un vocablo?
¿Cómo en este ambiente emocional decir algo sobre patria que valga la pena? Difícil porque la noción de patria está monopolizada políticamente en todos los países. Cuando se habla de patria se deben emplear frases sentimentales y los clichés de siempre que unos y otros conocemos: Gloria, viva, arriba. La emoción que produce patria aumenta cuando al lado se agregan otras palabras que arrastran también fuerte agitación: guerra, conquista, muerte. Se muere o se vence o se lucha por la patria.
A mí siempre me ha molestado esta idea de patria por la que se ha de morir. Me parece algo teatral. Además creo que las guerras, todas las guerras, sólo ocasionan desastres y a la larga no resuelven los problemas. Patria o muerte. No, señor. Patria y vida. Claro, que vivir por algo que se ama es ya más difícil, porque entramos en la complejidad de lo humano, de estar con los demás, de compartir ideas y de vivir y convivir apaciblemente, sin tirarnos los trastos a la cabeza.
Patria está simbolizada por una bandera impuesta que lleva colores significativos. Estos colores representan no sólo a la patria, sino también una opción política: república, monarquía, revolución. Esto complica la reflexión. En las festividades políticas o religiosas se hace gran exhibición de banderas con los colores llamados nacionales. Pero se ve que ya no es para exaltar a la patria, sino para imponer una opción política.
Cada país tiene un uso peculiar de la bandera. En Estados Unidos se ven banderas nacionales hasta en el retrete, como si hacer sus necesidades también tuviera que tener una connotación patriótica. Habrase visto.
La noción de patria tiene una conexión grande con nación. Pues como digo, el vocablo patria no sólo engloba un territorio o un terruño sentimental, al que cada cual está apegado, sino un territorio más extenso al que se le han impuesto unas nociones políticas con las que se está o no de acuerdo.
Cuando era muy niño, de unos cinco o seis años, antes de la guerra civil, en la escuela de párvulos, hicieron una fiesta. Nos disfrazaron a los niños de soldados con uniformes y sables y nos hicieron desfilar por el escenario cantando: "Somos chiquititos, mañana creceremos, y defenderemos a nuestra nación". Era claro. El objetivo de nuestra educación era defender la patria, la nación. Esto ya desde muy pequeños, como algo que tenía que estar perfectamente anclado en nuestras mentes infantiles, aunque no supiéramos ni lo que era patria ni lo que era nación.
¿Defenderla de quién? ¿Quería decir que había enemigos de la patria? Caray, la patria tiene enemigos. ¿Estos enemigos dónde están? ¿Dentro del país, fuera? ¿Quiénes eran los enemigos de la patria? Como si no pudiera existir una patria sin enemigos. Estas preguntas me las hacía mucho más tarde. Muy inocentemente.
Una bandera es un objeto muy llamativo. La bandera ondea, y este ondeo también tiene mucho de sentimental. Unos soldados que hincan una bandera con sus colores ondeantes en un montículo es un espectáculo emocionante. Al contrario, una fiesta nacionalista sin profusión de banderas parece algo incongruente.
Pero la noción de patria no debe limitarse a una bandera. La noción de patria yo la he vivido de una manera que no es la general, como desterrado. Y digo que acaso es cuando más preguntas se hace uno. En el extranjero la bandera nacional no ondea o no ondeaba en ningún sitio antes de la Unión Europea. Cuando por los motivos que fuera se veía la bandera, os digo que pasaba algo en mí.. Pero dejemos lo de las banderas que es lo fácil.
Para mí patria era también, como para muchos, algo sentimental, muy sentimental. Pero este sentimentalismo fuera del país tomaba un sesgo peculiar. Cuando en los momentos difíciles de la "expatriación", me sentía perdido en un mundo algo hostil, cerraba los ojos y me venía a la mente una canción regional, un aroma a tierra y a hierba húmeda, un viento arrastrando salitre, unas dunas olorosas y balsámicas, unas estrellas brillantes vinculadas a las primeras sensaciones amorosas. !Qué consuelo! Patria era para mí algo pequeño, íntimo, un territorio donde había echado raíces, algo muy concreto y definido. Sabía que había la otra patria, la grande, pero ésta tenía más de cultural que de sentimental. La patria para mí era esto. Algo que no coincidía en nada con las especulaciones políticas ni con las banderas.
Se lo explicaba un día a un amigo de militancia y en una discusión acalorada me consideró como un hereje y como un pueblerino. Me dejó asustado. Claro que se lo dije con cierta impetuosidad, propia de años aún jóvenes, afirmando que yo no tenía nada que ver con una bandera política ni con la patria de los militares. Creo que sigo pensando así. Me doy cuenta que es ir a contramarea. Lo siento.
La palabra patria es muy curiosa. Pater, padre, de donde se deriva patria, es masculino y la palabra patria es femenina. Lógicamente se hubiera tenido que llamar matria. Nuestra madre la patria, cuando se ha pensado en este detalle, suena mal. Como sonaría mal nuestro padre la matria.
Me gustaría que se pudiera deshacer el monopolio político de patria. Se puede tener un sentimiento muy fuerte de la patria, y dejar de lado banderas ondeantes y perifollos retóricos. La patria también necesita de la palabra callada.
(*) escritor

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